viernes, 11 de enero de 2013

Historia de una piedra

Siendo adolescente, conocí a dos hermanas gemelas a las que podía distinguir por la expresión de sus ojos. Mari V tenía una mirada alegre, viva, chispeante, a la que acompañaba una sonrisa franca y abierta; Mari J mostraba cierto cansancio en los ojos que le conferían un aspecto algo triste, y su sonrisa se reducía a una mera intención. La primera reflejaba espontaneidad, mientras que la segunda evidenciaba reflexión.

Nadie tiene un rostro completamente simétrico, y yo descubrí en mí que mi cara se componía con la expresión de cada una de las gemelas: la mitad derecha reproducía las expresiones de Mari V, mientras que la mitad izquierda lo hacía con las de Mari J.

Se atribuye a A. Lincoln aquello de que toda persona mayor de cuarenta años es responsable de su propio rostro. Personalmente, siempre he sentido cierta inclinación a deducir una historia a partir de una instantánea, del mismo modo que en el lugar de un crimen se construye el relato de los hechos a partir de los indicios. Un rostro no es más que el reflejo de una historia personal, del mismo modo que un paisaje es el reflejo de la historia de la Tierra.

Imaginémonos en el fondo del mar, justo encima de la línea de contacto entre placas tectónicas. Por una fisura brota el magma desde el interior de la Tierra; una masa viscosa incandescente que, en su salida al exterior, se encuentra con el agua marina a una temperatura de varios cientos de grados menos. La lava se enfría rápidamente, se contrae, y se solidifica. Pero esta masa no se contrae en una unidad conjunta, sino que lo hace en fragmentos, cuarteándose.

Cuando la roca, formada varios millones de años antes, emerge a la superficie se nos muestra como un conjunto de columnas hexagonales tan espectaculares como la Calzada de Gigantes, en Bushmills (Irlanda del Norte), o como esta imagen (mucho más discreta) tomada en la Playa de Mónsul, en la Sierra del Cabo de Gata, en Almería.



Hace algún tiempo, me percaté de que mi lado derecho se parecía cada vez más al izquierdo. En un día advertí que los pliegues supraorbiculares se descolgaban sobre los párpados, que las comisuras de los labios apuntaban hacia el suelo, y que la piel reclamaba su independencia.

No sé en qué momento decidí reconducir mi propia historia, pero he descubierto un apunte de firmeza bajo los pómulos.

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